EXTRETS DEL CALAIX
Diversos Autors

Grup d'Investigadors de Les Roquetes del Garraf


EXTRETS DEL CALAIX
   
         La Cervereta (Col·lecció Literaria Num. 1 del GRUP): Separata del Programa de Festa Major de Santa Eulalia 2000
           
Edita: Comissió de Festes i Ajuntament
            Text: T. Moreno, Agel Llinas, Armando Siles, Blanca Sagarra, Noelia Vilar, Georgia, Dalia, i Juan Carlos Borrego. 
            Treball del Grup d'Investigadors de Les Roquetes del Garraf
           
Idea i Coordinació: Mary Muñoz i Juan Carlos Borrego                

            Portada: Quadre de Fernand Leger, Els Constructors, 1950.
            Impressió: Papyrus
             © Copyright 2000.   Reproducció autoritzada citant la procedència.


EXTRETS DEL CALAIX

INDEX.

PRESENTACIÓ. 
MISTERIO EN DORIA
MARIAN
"QUI NO VULGO POLS QUE VAIGO A L'ERA"
EL ESPANTAPAJAROS
CHUMI, ¡PONME OTRA!
RODOLFUS I LA CAPUTXETA
ALGO MÁS QUE MUSICA
EL INTERVENTOR


PRESENTACIÓ

 El GRUP d’Investigadors de les Roquetes del Garraf enceta una nova col.lecció de separates de caire literari, LA CERVERETA, col.lecció literària, de la qual en teniu a les mans el número 1.  Fins ara ens havien limitat a realitzar estudis d’investigació històrica, enmarcats a la col.lecció FACSÍMILS DEL GRUP (La Masia Nova, el primer barri de les Roquetes del Garraf, 1996; Tradicions Populars: el Carnaval de les Roquetes, 1997; Vint-i-cinquena edició de la Festa Major d’Estiu, 1997; La Pedania del 77, 1998; o Les Roquetes d’en Taran, 1999), però la proliferació d’escriptors al nostre poble ens ha fet obrir nous horitzons, ampliant la nostra oferta cultural.  I vam trobar una idea: una edició de relats breus escrits per roquetencs. 

Segurament notareu la excesiva provisionalitat de la nostra tasca, és degut al poc temps que hem tingut per organitzar la recollida d’originals.  Quan la Comissió de Festes ens va encarregar la separata de la Festa Major d’Hivern del 2000, la nostra resposta fou, en principi, negativa: en deu dies no hi havia temps material per redactar un estudi amb cara i ulls.  Totes les nostres publicacions històriques es caracteritzen per ser treballades durant un marge de temps mai inferior als tres mesos, doncs es precisen entrevistes, col.laboracions, grabacions, recerca de fotografies, i redacció final, que necessiten de la màxima atenció.  Però ens hem sortit: el resultat ens satisfà.  Potser no hi són tots els escriptors de les Roquetes, tanmateix obrim una nova porta a futures separates que, dins de la nostra col.lecció, contemplin noves inqüietuds i històries de ficció. 

Aquest recull que ara us presentem el fomen deu narracions de deu autors locals, tant joves com no tan joves.  Hi han diferents temes i extensions, una mica de tot, car la imaginació dels nostres conciutadans i conciutadanes gaudeix d’una clarividència excel.lent.  Us recomanem la lectura del primer a l’últim, doncs l’ordre no té res a veure amb la qualitat, sinó més aviat es deu a l’extensió i a la compaginació.  

No voldrien acabar aquesta presentació sense fer palés el nostre agraiment més sincer a tots aquells i aquelles que ens han respost amb el seu treballs (i també a aquells que els hagués agradat participar però que no han tingut temps de portar-nos els seus relats), fent possible la realització de la separata de la Festa Major d’Hivern Santa Eulàlia 2000; i sobretot a la Comissió de Festes, per la confiança que ha depositat en nosaltres, el GRUP, i la seva particular dedicació al món cultural roquetenc. 

Mary Muñoz i Juan Carlos Borrego.  
GRUP D’INVESTIGADORS DE LES ROQUETES DEL GARRAF, gener del 2000.


 MISTERIO EN DÓRIA

Dória era una pueblo tranquilo a orillas de un bonito río. En las afueras había una hilera de casa, todas blancas y de dos plantas, éstas solían ser habitadas sólo en la temporada de vacaciones, y contrastaban bastante con el resto del pueblo, ya que en él aún se veían edificios y casas antiguas, y hasta sus gentes eran más bien reservadas y ariscas, como todo el paisaje que se divisaba desde la más alta montaña: un conjunto de árboles altos y gruesos, alrededor del poblado, alegrado solamente por el tintineante ir y venir del agua del río.

Una de éstas casas blancas llamada “Villa Elena” era propiedad del Sr. López, dueño de la única charcutería existente en el pueblo, y no era extraño, ver cada temporada gente distinta de vacaciones en la casa, ya que dicho señor la alquilaba a todo el mundo, esto hacia que cada año el Sr. Vives, (detective privado), que veraneaba en la mansión vecina, siempre tuviese gente nueva para charlar y pasar el tiempo.

Pero este año no iba a ser igual que los anteriores, ya que a las dos semanas de llegar, el señor Vives comenzó a ver algo extraño en “Villa Elena”. Una noche oyó hablar susurrando, y de vez en cuando, una tenue luz se divisaba por debajo de la puerta de entrada, esta circunstancia, como no era de extrañar, hizo salir al señor Vives de su letargo y comenzó a sentir ese gusanillo por el que huía de la ciudad: El misterio.

Al día siguiente ya estaba merodeando la casa en busca de algún indicio de que allí había habido alguien, pues durante el día aún seguía colgado del balcón delantero, el cartel de “se alquila”.

Al no encontrar ninguna pista marchó, rápidamente, hacia el pueblo, entró en la charcuteria y en seguida salió el señor López

- ¿Que tal señor Vives?
- Muy bien, muy bien. Hace calor ¿Eh?
- Sí, ya empieza este maldito bochorno de todos los veranos.
- Yo... venía dando un paseo y pensé en entrar a saludarle y al mismo tiempo, me gustaría preguntarle si piensa alquilar “Villa Elena” o ya lo está.
- No, no está alquilada ¿lo decía por algo en particular?
- Es que me parece que mis sobrinos, Laura y Antonio, vendrán a pasar unos días, para conocer el pueblo y tal vez les gustaría instalarse en la mansión.
- Bueno, si es por eso no hay problema, ya que por ahora no tengo noticias de ningún interesado en alquilar .
- Entonces lo tendré en cuenta por si me llaman para comunicarme que vendrán.
- ¿ Son de la ciudad sus sobrinos?
- ¡Oh! No, son de fuera, es que son muy viajeros y les gusta conocerlo todo, y yo que les he hablado tanto de este bonito lugar, que están deseando venir por aquí.

En aquel momento apareció por la puerta una chica. Era alta y delgada y no parecía tener más de veinticinco años. El señor Vives, rápidamente, la saludó muy amablemente, ella al mismo tiempo que le correspondía, daba un beso al señor López.

- ¿No conoce usted a mi sobrina Mónica? Vino hace dos días.
- Pues, creo que no tengo el gusto.
- Mónica, éste es el señor Vives, viene de la ciudad y habita la casa vecina a “Villa Elena”.
- Encantada, señor Vives.
- Igualmente, señorita Mónica.

Después de despedirse, el señor Vives salió de la tienda y se dispuso a pasear durante un largo rato por la montaña, pues deseaba poner en orden sus confusas ideas.

Al cabo de varias horas de pasear arriba y abajo, por fin decidió bajar otra vez al pueblo para ir al restaurante del pequeño hotel. Ya sentado en una cómoda butaca, encendió uno de sus grandes puros (su gran pasión) mientras esperaba al camarero.

Terminó su almuerzo y cuando se disponía a sacar su billetera para pagar, oyó los gritos de unos jóvenes que trotaban por la escalera. El señor Vives se detuvo un momento y preguntó al camarero.

-¿Qué son esos gritos?
- Pues, son unos chicos que llegaron a noche. No paran de hacer ruido.
- Ya se les nota, ya

En ese momento bajaban tres chicos y dos chicas vestidos estrafalariamente, según el señor Vives. Se sentaron todos alrededor de una mesa y llamaron con insistencia al camarero, éste se apresuró a cobrar al señor Vives y fue rápidamente hacia los jóvenes.

Al salir del restaurante, pensó en irse a hacer la siesta, pues estaba un poco cansado de tanta agitación. Al pasar por la plaza del pueblo, observó que la estaban adornando con banderitas y farolillos, entonces se acordó de que aquella noche era la víspera de “San Juan”, y eso quería decir que durante toda la noche tendría que aguantar la música y el ruido, en fin, se decidió por la siesta y reanudó la marcha.

Eran ya las ocho de la tarde y el señor Vives se entretenía leyendo un libro, absorto como estaba en la lectura no se dio cuenta de que en el pueblo ya había empezado la fiesta, pero de pronto, un ruido le sobresaltó. Salió al jardín y observó que en “Villa Elena” había alguien, entonces pensó que de esta noche no pasaría, por fin sabría la verdad. Volvió hacia dentro y siguió leyendo. Pasaron unas tres horas y el señor Vives ideó un plan. Bajaría al jardín vecino y se escondería entre los matorrales, salió fuera y vio que todo seguía igual. Una luz salía de la ventana, todo estaba en silencio, se acomodó como pudo y esperó.

De pronto, empezaron los gritos, nadie les oía, sólo el señor Vives, que ya estaba deseando intervenir, pensó en salir de su escondite y mirar por una de las ventanas, pero en ese preciso momento se abrió la puerta principal, salieron unas personas encapuchadas y vestidas con túnica blanca.

El señor Vives no salía de su asombro y aún más, cuando vio que los encapuchados hacían un corro mientras uno de ellos sacaba un enorme cuchillo y se dirigía al centro del corro; después de unos segundos se oyeron gritos y al mismo tiempo que danzaban todos, el señor Vives veía como se iban llenando de sangre las manos y las túnicas. No podía creer lo que estaba viendo, pues al rato empezaron a cavar un hoyo en el jardín y enterraron el cadáver, al terminar se introdujeron todos en la casa y el señor Vives pudo salir del jardín y meterse en su casa. Ya no pudo dormir, pensando y pensando, decidió ir a la biblioteca.

Amaneció sentado en un sillón con un enorme libro entre las manos. Había estado leyendo todos los libros que encontró relacionados con sectas y similares, cuando pudo ponerse en pie, salió a la calle y miró hacia “Villa Elena”, aún estaba el cartel de “Se alquila”. Poco a poco se acercó hacia la verja del jardín y entró dentro, no se divisaba a nadie por los alrededores y en la casa no había señales de vida, todo estaba tranquilo. Miró a su derecha y vio un montón de tierra removida. Allí fue donde enterraron a alguien, pensó, y salió precipitadamente. Se fue al pueblo, llegó a la comisaría más rápido que de costumbre, ya que había andado muy de prisa, pero estaba cerrada. Esperó largo rato hasta que apareció el guardia de turno (ya que aquel día era fiesta), y tras saludarse mutuamente, el señor Vives le contó todo lo que había visto la noche anterior.

El señor Ruiz, el guardia de turno, casi no lo podía creer, pues sabía demasiado bien lo que le gustaba a su interlocutor todo lo relacionado con la investigación y la intriga. Después de aclarados todos los puntos, se dirigieron los dos a casa del señor López, pues el señor Vives sospechaba algo.

Llamaron al timbre de la puerta y les abrió el mismo señor López.

- Buenos días señor Vives ¿Cómo usted por aquí? ¿Y usted señor Ruiz? ¿Pasa algo?

El señor Vives se apresuró a entrar en la casa y así estar más cómodos.

- Bueno señor López, lo que le venimos a decir sólo son unas sospechas mías, que como ya le he contado al señor Ruiz, es algo de la máxima urgencia.

El señor López no salía de su asombro y después de calmarse llamó a su sobrina que aún estaba en su cuarto.

- Mónica, ¿Puedes bajar un momento?
- Ya voy tío.

Al poco rato ya se encontraba en el salón

- ¿Querías algo tío?
- Pues estos señores creo que quieren decirte algo.
- ¿Si? ¿Qué es?
- Usted Mónica, sino me equivoco estaba anoche en “Villa Elena” y no precisamente sola ¿verdad?
- ¿Yo?, yo no, eso no es cierto.
- Vamos, si se porta bien y confiesa, no le pasará nada, pues creo que unos chicos que se alojan en el hotel le hacían compañía ¿No?.
- Tío, eso no es verdad.
- Vamos Mónica, donde está la llave que cogiste del despacho, esta mañana no estaba, di donde la tienes.

Mónica no podía negar nada más y tuvo que confesar

- Es verdad tío, yo la cogí después de que vinieran mis amigos, ellos son de la ciudad y desde hace unos meses que los conocí, hacemos esta clase de reuniones. Y este año como no teníamos donde hacerlo, pensé en venir aquí, pues esta noche al ser “San Juan” es cuando tiene más interés ya que es la noche más propicia. Pero te juro que no hicimos nada malo.
- Esta bien señorita Mónica acompáñenos hacia el hotel.

Ya en el hotel, llamaron a los amigos de Mónica y estos tuvieron que confirmarlo todo.

Esto no tenía nada de importancia, pues lo que al señor Vives le preocupaba realmente era el asunto del cadáver enterrado en el jardín, y no se entretuvo mucho.

- Bueno, vamos a “Villa Elena”, tenemos que investigar dentro de la casa y... tal vez fuera de ella también.

Una vez estuvieron dentro de la casa observaron que no había nada anormal, salvo un gran cuchillo que estaba encima de la cocina.

- Este es, estoy seguro
- Bueno señor Vives, aún no nos ha dicho que es lo que pasa con tanto misterio del cuchillo.
- Nada más y nada menos que ahí, en el jardín, hay un cadáver.
- No puede ser. ¿Es verdad, Mónica?
- No, no es verdad.
- Ahora lo veremos, señorita Mónica.

Después de cavar un rato, para sorpresa del señor Vives que agrandaba cada vez más los ojos, vio que lo que lo que allí había enterrado no era ni más ni menos que una simple gallina blanca, utilizada siempre para estas celebraciones.

- Todo esto es absurdo, decía el señor Vives, yo estoy seguro de haber oído gritos y no precisamente de gallina.
- Pues esto es todo. ¿Ve como teníamos razón mis amigos y yo?
- Está bien, está bien, me doy por vencido.

Al día siguiente, cuando se levantó el señor Vives, se apresuró a hacer la maleta, aquel suceso de la noche anterior no le había satisfecho nada y quería marcharse lo antes posible.

Al cabo de unos minutos ya caminaba, con la maleta en la mano, por el sendero que llevaba a la estación de autobuses. Una vez allí, comprobó con malhumor que hasta una hora después no saldría el próximo autobús. Se sentó en un banco y comenzó a fumar uno de sus queridos puros, al instante oyó unos ruidos, pero no hizo caso. Siguió fumando, cuando de pronto alguien salió de entre los árboles portando un cuchillo, sin perder un momento se lo clavó y el señor Vives cayó al suelo muerto.

- ¿No quería un cadáver señor Vives? Pues ahí lo tiene ja, ja, ja, ja...
- Vamos Mónica, de prisa que viene alguien.

Mónica y sus amigos se fueron hacia el pueblo y nunca se supo quien había matado al señor Vives.

Trinidad Moreno


 MARIAN

 Hace horas que hemos atracado en el dique del Oeste. Después de una larga singladura llenas de mas las tormentas. Los primeros pasos en tierra son como los de un niño. Parece que pises lentejas.

El sol se ha puesto tras Porto Pi y el crepúsculo de abril efervece con todo el encanto de la primavera. Las parejas de enamorados dan sus primeros besos y las golondrinas recomponen sus nidos, y yo como siempre, solo con la amargura del desamor.

Camina lentamente, su contraluz moldea su figura. Las farolas del paseo se envuelven en suave bruma marinera, sus pasos se confunden con el rumor de los grilletes de los yates fondeados y las palmeras guardan sus dátiles maduros.

Sin duda es ella. Su contorno, su pelo torneado y sus caderas. Acelero el paso, no oso gritar su nombre, no intento llamarla para no romper la cadencia de sus pasos. Me paro... quiero respirar o tal vez suspirar, y como un relámpago, visiono toda nuestra intensa y corta historia. Tengo que cerrar los ojos un segundo, lo suficiente para perderla de vista.

No está. El aroma de su perfume me confirma que es ella. Entonces si que veo en una ráfaga, toda la corta historia de un amor dulce y abrasador.

Solo se que fue una historia dulce, amorosa, romántica. Fue ella la cubrió con el manto de su amor mi desolación amorosa. Me hizo sentir de nuevo el amor, las dulces caricias y la sensualidad de las cadencias amorosas. ¿Pero... que pasó? A veces la realidad parece que fue un sueño, y este sueño fue realidad, y la realidad fue que se perdió lenta y fríamente sin saber el porqué. En estos momentos, grito su nombre, en esta noche, en este paseo. Pero no oigo mi voz, tan solo veo la silueta gótica de la catedral y su nombre queda en mi garganta. Algo dulce y suave acaricia mi nuca, son sus dedos, es su voz, es... Marian.

Angel Llinás i Crouseilles.  1945, Malaga. 
Ha publicat un llibre de poesía “Pensando en ti” i está preparant el segon.


QUI NO VULGO POLS QUE NO VAIGO A L'ERA"

Rondava l'estiu de l'any 1926 quan vaig assabentar-me que l'oncle Martí de cal Cigronet es venia el seu llagut per dos duros.

Els anys no passen en va i l'oncle Martí bé que ho sabia; possiblement prendre aquesta decisió no li va ser gens fàcil, però després d'haver patit un atac de cor del qual, més o menys, se n'havia pogut sortir ...

-Pare he sabut que l'oncle Martí de cal Cigronet es ven el llagut i he pensat en llogar-lo ... Si vostè em digués que li sembla ...

Per primer cop, vaig comprovar que el pare, malgrat el seu posat seriós, també sabia fondre els pensaments en les mirades ... En aquesta ocasió no li hagués calgut articular cap paraula perquè aquell rostre que, de vegades semblava inexpressiu, va prendre forma i començava a reflectir allò que ara jo necessitava sentir.

-Has pensat bé això de fer-te llaguter? Has pensat en els ets i uts que això comporta? Ets conscient què l'Ebre dóna una aparença i, en canvi, en té una altra?. De totes formes, m'afalaga molt que un fill meu hagi decidit fer-se llaguter, potser aquest serà el principi d'una gran tradició -va dir-me sense pensar què queia en el mateix error que el iaio Joan-.

Va ser amb el consentiment del pare que vaig tractar amb l'oncle Martí; vam acordar que m'arrendaria el llagut durant dos anys, després, si jo decidia continuar amb l'ofici, l’hi compraria.

Quan vaig tenir la nau enllestida (vaig haver-la de polir, envernissar-la dues vegades i  canviar-li la vela que amb el temps s'havia malmès), vaig començar a navegar per l'Ebre; una experiència, cada cop, única que em feia gaudir de les aigües que s'arremolinaven al voltant del llagut com si sabessin que aquest no era el primer cop que les fregava.

Jo, com altres llaguters de Mequinensa, baixava els sacs d'ordi que la cooperativa havia comprat als pagesos. La destinació, gairebé sempre, era la mateixa: Tortosa.

La jornada començava a les cinc que era l'hora que ens reuníem, tots aquells que transportàvem l'ordi, i carregàvem els sacs a la nau. A quarts de set o les set començava a haver moviment; aleshores, pujàvem al llagut i s'iniciava la baixada per l'Ebre. De vegades, el vent ens feia patir, d'altres era la pluja la protagonista de les nostres cabòries ... en definitiva, sempre hi havia un motiu pel qual preocupar-se.

. . . . . . .

Tota la vida recordaré aquell dia:

Era el dos de juliol del 1927.

El cel era fosc, semblava que anés a ploure. L'aigua del riu es veia encoratjada; el seu color verd ens feia acovardir; sabíem que quelcom no anava bé ...

Aquell dia no era com qualsevol altre; alguna cosa ens deia que l'Ebre, que tenia cara d'ovella i urpes de llop, ens deparava una sorpresa. Havia trigat temps en rumiar-ho, però, ara, ens trobaríem, cara a cara, amb allò que més por ens feia.

D'ençà que vam sortir de Mequinensa vam haver de lluitar contra el vent que portava el llagut de banda a banda.

De cop i volta, sense tenir temps de reaccionar, vaig trobar-me envoltat d'aigua; l'aigua era tèrbola i m'impedia la visió; només vaig poder distingir el fons rocós i, això, em va sobtar. Mai m'hagués pogut imaginar que les profunditats de l'Ebre fossin tan àrides. De vegades, només de vegades, notava, a les cames, el fregar d'alguna cosa, suposo que d'algun peix que s'havia acostumat a viure en aquell indret on l'aigua semblava portar dol.

Allà baix, vaig sentir la soledat i la impotència que se sent quan es lluita envers un adversari massa savi, en aquest cas, la natura. Intentava pujar a la superfície però, per molt que ho intentés, mai no arribava a veure la claror del sol; em trobava massa dèbil, hi havia molta aigua i ja feia massa estona que lluitava per sobreviure; finalment, vaig sentir com defallia. 

Noèlia Vilar i Alcázar (Les Roquetes del Garraf, 1975) és estudianta de darrer anys de filologia catalana i de 2on cicle de filologia hispànica.  
Nota pel títol: Aquesta obra està escrita en la variant dialectal nord-occidental (asconenc) de la Ribera d’Ebre.


EL ESPANTAPÁJAROS

El bancal tenía una forma rectilínea, con una suave pendiente y estaba rodeado de una cerca, hecha de hileras de piedras no muy grandes. Era una cerca, de más o menos medio metro, que marcaba el margen de la propiedad e impedía así que el ganado entrara en el sembrado. La cerca se cortaba, dejando un hueco en uno de los lados a modo de puerta para facilitar la entrada a las maquinas en el momento de la siega. El sembrado tenía un verde intenso, salpicado de florecillas de color amarillo, que eran como campanitas, aquí y allá, también alguna roja amapola, de esas que traen de cabeza a los campesinos, sobresalía de entre el verde

Llegaba el mes de abril y las espigas comenzaban ya a tener forma, de manera que grandes bandadas de pájaros, que habían empezado a salir del letargo del frío invierno y tenían crías que alimentar, iban y venían revoloteando, alegrando el ambiente con sus trinos, a merodear por el sembrado con la tranquilidad de que no les acechaba ningún peligro, para dar buena cuenta de las frescas espigas, donde el grano se presentaba apetitoso y poder llevar reserva para sus polluelos.

El labrador, que ya sabía el truco de otros años, tenía preparado el espantapájaros, con la finalidad de que las aves y otros animales no se comieran la cosecha de trigo. Lo había preparado con una chaqueta de pana negra, que ya no usaba, un pantalón también de pana de color marrón y una camisa de cuadros, rellenó las mangas de la camisa y las patas del pantalón con paja, ayudándose con unos palos, que después sujetarían al espantapájaros, completó la obra con un sombrero un poco viejo de los que se ponía para segar. Una vez le pareció que estaba completo, esperó a que anocheciera, cogió el espantapájaros, lo llevó hasta el sembrado, lo puso en medio y le confió la vigilancia.

Cuando amaneció, los pajarillos empezaron su tarea de recoger comida y se dirigieron al sembrado como cada mañana. Los primeros momentos fueron de una gran confusión, se armó un gran revuelo y muchos huyeron despavoridos. Llenos de miedo se dirigieron en busca de otros lugares que pudieran ofrecer la misma tranquilidad que tenían antes.

Mientras, el espantapájaros, al ver aquel revuelo no se sintió feliz ni mucho menos, porque a él no le gustaba estar siempre así, quieto y plantado allá en el campo, con los brazos en cruz sin moverse y con la única finalidad que espantar a los pobres pajarillos que se acercaban a picotear el trigo, claro que a su amo no le hacía ninguna gracia eso de que le picotearan el sembrado y por eso él estaba allí, pero el espantapájaros sentía envidia de aquellos pajarillos a los que tenía la misión de espantar. Sentía envidia de la libertad que tenían, y de que podían ir de un lado para otro. Si algo les asustaba en seguida levantaban el vuelo y se iban a toda velocidad, mientras que él se encontraba allá plantado sin poder moverse.

- ¡Que mala suerte la mía!  - se lamentaba un día como en otras ocasiones - además tengo la sensación de no espantar a nadie.  
- Tienes razón. - Contestó alguien a quien el espantapájaros no veía.

Era un pajarillo, de los que no habían salido volando desesperados el primer día, que se había puesto encima de su sombrero.

- ¡Eeeeh! ¿Quién eres tú?. Se supone que estoy aquí para espantarte y ya ves, ni siquiera te doy miedo.

El pajarillo bajó hasta su extendido brazo derecho y le contestó: - Soy un pajarillo que he visto que no puedes hacerme daño. Desde el primer día empecé a observarte, no huí volando como mis compañeros. Esperé, ese día lo pasé mirándote haber que era lo que hacías y como vi que no te movías, me fui acercando poco a poco, y como veía que no me decías nada, cada día me iba acercando más y más, y aquí estoy.

- ¿Así oías mis quejas?    
- Sí cada día, sin querer, te oía decir lo mismo sobre tu desgraciada suerte, tu aburrimiento y tus ansias de libertad. Mira yo te digo que para irte de aquí sólo tienes que desearlo mucho, mucho y muy fuerte, verás como podrás irte sin apenas darte cuenta.  
- ¿De verdad me lo dices?  
- Sí, te digo que lo desees muy fuerte y ya verás como podrás caminar casi al instante.

El espantapájaros, al principio dudó un poco, pero pensó que no perdería nada si lo intentaba. Así fue, probó a bajar de los palos que le sujetaban al suelo, y comprobó con sorpresa que era verdad lo que el pajarillo le decía, porque podía aguantarse de pié y no sólo eso que vio como podía andar y saltar.

- ¡Eureka! Es verdad. Fíjate, puedo saltar, andar , dar vueltas y bailar.

Y mientras lo decía iba haciendo cada uno de los gestos. Empezó a andar, primero por el sembrado, salió por la especie de puerta de la cerca, continuó andando  sin rumbo fijo y sin saber exactamente a donde se dirigía. Cuando llevaba un rato de paseo, se dio cuenta de que el pajarillo no le seguía, entonces se acordó que con la emoción de ver que podía andar, no le había preguntado si quería ir con él y tampoco se habían despedido. Por un momento pensó que le gustaría tenerlo a su lado, porque los dos se harían mutua compañía y además no iría tan solo a un mundo desconocido, donde no sabía lo que se podía encontrar.

EL MUNDO DESCONOCIDO

El espantapájaros iba tan sumido en sus propios pensamientos, que apenas se dio cuenta que estaba llegando a una ciudad. Un ruido ensordecedor le volvió a la realidad, donde se encontró con unas cajas de hierro, pintadas de colores y diferentes tamaños, que iban muy de prisa de un lado para otro. Caminaba el espantapájaros por un estrecho pasillo que dejaban las cajas de hierro. Por ese pasillo iba mucha gente, unos en la misma dirección que él y otros en dirección contraria. Andaban muy de prisa, como si llegaran tarde a algún sitio muy importante, no miraban nada de lo que había alrededor y que al espantapájaros le parecía muy novedoso, por eso iba despacio y mirando todas las novedades que veía y aquella gente que andaba tan de prisa, tropezaban con él, cuando esto sucedía farfullaban algo entre los dientes y seguían con la misma prisa. El espantapájaros no entendía nada.

De pronto, sin saber como, se encontró en el pasillo ancho, de color negro, por el que iban i venían las cajas de hierro de colores. Quedó asombrado y paralizado en medio del pasillo al ver que dentro iban personas que, por más que se esforzaba, no lograba poder entender. Le parecieron insultos hacia él, aunque prefirió no escuchar, estaba tan asustado que no sabía que hacer.  De pronto vio como una de aquellas cajas se le acercaba demasiado y oyó que la persona que iba dentro, señalando en una dirección le decía con no demasiada amabilidad: “ No ves que está rojo y tú no puedes pasar”. Miró hacía donde le indicaba y se dio cuenta que unas lámparas se encendían y se apagaban cada vez con un color distinto.

- Que locos están los que van en esas cajas de hierro - Pensó.

Por  fin llegó al otro pasillo estrecho, estaba muy cansado y tenia sed. Entró en un establecimiento donde había botellas y comida, también alguna de aquellas personas que iban en las cajas de hierro de colores estaban sentadas comiendo, por lo que le pareció un buen sitio. No le dio tiempo a pedir el agua que deseaba llevarse a los labios, se le acercó un señor muy bien vestido, con un lazo que le adornaba en el cuello.

- Aquí no queremos harapientos - Le dijo

Y empujándole por la espalda le conducía hacia la puerta por la que había entrado. El espantapájaros se quedó muy extrañado.

- Yo solo quiero un poco de agua

Pero el hombre bien vestido con el lazo en el cuello siguió insistiendo.

- Este no es un lugar para ti, ¿Donde está tu traje y tu corbata? ¿Y el dinero?. Seguro que no llevas dinero para pagar lo que quieras comer o beber. Más abajo hay una fuente, allá puedes beber toda el agua que quieras, pero largo de aquí.  
- ¿Dinero? Que cosa tan extraña.

Y sin pensarlo un instante dio media vuelta y olvidándose de su sed, se dirigió a desandar el camino que le había llevado hasta aquel sitio tan horrible.

LA VUELTA A CASA

Volvió al sembrado, las primeras estrellas le empezaron a hacer guiños, estaba tan cansado que se quedó adormecido con aquel placentero silencio, interrumpido tan sólo por el saludo que le hizo una lechuza al pasar y que no tuvo fuerzas para responder.

Cuando salió el sol, el pajarillo volvió a su lugar habitual para picotear el trigo, vio que el espantapájaros estaba de nuevo en el sembrado, y empezó a revolotear y a cantar de alegría. Llegó hasta él y se le posó en el brazo extendido.

- ¿Donde están tus ansias de libertad espantapájaros? - le preguntó.

Un poco triste, el espantapájaros le contó su aventura, confiándole que se sentía mucho más libre estando allí quieto, que andando por aquella horrible cosa a la que llaman ciudad.

El pajarillo entonces le contó que él también había tenido una vez ansias de libertad.

- Cuando llegué a la horrible cosa que llaman ciudad, me encontré dentro de una jaula donde no podía volar, cada vez que lo intentaba tropezaba, continuamente, con las paredes de la jaula. Me sentí prisionero, me puse tan triste que ni los trinos podían salir de mi garganta.  Los que me metieron en la jaula ya casi no me querían porque no cantaba. Un día, tal vez expresamente, se dejaron la jaula abierta y como la colgaban en un balcón, pude escapar. Volé y volé hasta casi faltarme las fuerzas, lo más lejos posible de la ciudad, era maravilloso sentir otra vez la libertad de volar. Llegué hasta el sembrado de trigo que era pacifico y tranquilo hasta que apareciste tú, pero como no quería irme de aquí, por eso observé lo que hacías, viendo que eras inofensivo me quedé.  
- Eres un mal amigo  -le dijo el espantapájaros - debías haberme explicado antes tu experiencia en vez de animarme a que me fuera.  
- No, tu debías pasar tu propia experiencia, ahora sí me has creído, pero si te lo hubiera explicado antes de irte, no me habrías hecho caso.

Los dos convinieron que se harían mutua compañía. El espantapájaros dejaría al pajarillo picotear en el trigo del sembrado a cambio de que éste le contara todo lo que ocurría por los otros campos y que él podía ver con sus continuos vuelos por los alrededores. El espantapájaros se sintió feliz de tener un compañero que le llenaba de noticias, estaba mucho más tranquilo y dejó de maldecir la suerte que le había tocado.

Dalia


CHUMI, ¡PONME OTRA!

Moncho era el mejor cliente del bar “La chorva del Chumi”. Aquel bar era el centro de Sevilla, se llenaba cada tarde del humo de los numerosos hombres fumadores que iban a tomarse algo, después de un largo día de trabajo.

Digo que Moncho era el mejor cliente del bar ya que se quedaba hasta altas horas de la madrugada y por la mañana era el más madrugador. Llegaba por la mañana con una gran sombra bajo los ojos y pedía su primer carajillo. Chumi (dueño del bar) era el mejor amigo de Moncho y tenía mucha confianza con éste, tanta, que la lista de deudas del andaluz era la más larga de todos los clientes, con mucha diferencia.

Moncho no podía pagar sus consumiciones, ya que no tenía trabajo. Vivía del paro desde hace año y medio y su mujer tenía que mantener a toda la familia. Eran familia numerosa, pues tenía dos hijos y una hija. Ya eran las once de la mañana y Mancho seguía en el bar jugando al dominó, con tres jubilados y bebiendo alguna que otra copilla. Llegó a casa para la hora de comer, pero su familia ya había comido.

- Pero Moncho, - decía su mujer- ¿Tú crees que es normal qué estés todo el día en el bar sin preocuparte por tu familia? ¿Sin preocuparte por buscar trabajo? ¿Sin preocuparte por tu salud?  
- Mira Toñi -contestó Moncho- Yo hago con mi vida lo que me de la gana, sin depender de nadie y menos de ti.

Moncho se marchó al bar de un portazo. El sevillano comenzó a beber y a beber, como nunca en su vida lo había hecho. Se tiró toda la tarde bebiendo, hasta que Chumi se preocupó por él. Moncho se alejó de la barra y comenzó a dar saltos y a gritar:

- ¡QUE ME QUEMO, QUE ME QUEMO! (A causa del alcohol).

Moncho siguió corriendo hasta encontrar el Guadalquivir y allí se tiró. Obviamente no le pasaba nada.

Pasaron unos días y seguía sin saberse nada de Moncho. Ya comenzaba a temerse por su vida. En un atardecer Moncho llegó a casa aparentemente sobrio y con mucha felicidad en la cara. Toñi preguntó el porqué de esa felicidad y donde se había metido todo ese tiempo.

-Mira Toñi- comenzó Moncho- el mismo día en que me fui de casa creí que me quemaba. A causa del pánico que sufrí me tiré al río y allí me salvaron unos hombres. Cuando conseguí despejarme estaba en un sofá duro con un paño de agua fría en la cabeza. Escuché una vocecita dulce que susurró:

-¿Ya estás bien?¿qué tal has dormido?

Me levanté del sofá y comprobé que había dos chicos delgados con ella. Ellos eran Roqui, Chuski y Marta. Chuski fue quien comenzó a hablar:

-Hace dos días estuvo a punto de ahogarse y nosotros le hemos salvado, así que ahora eres tú quien nos tiene que ayudar.

Me propuso un negocio en el cual yo podía ganar mucho dinero. Se trataba de que tenía que coger la droga de un barrio de las afueras de Sevilla y repartirla por el centro. Yo me quedaría con un 35% del dinero conseguido y los otros dos con el resto. Fui a recoger la droga y al venderla me dio todo este dineral- dijo mientras enseñaba la bolsa llena de billetes- yo vine directamente hacia aquí y no les he dado su porcentaje.

-Pero Moncho- contestó Toñi- te has metido en un negocio peligroso y aparte has estafado a esos hombres, deben estar furiosos.

Moncho se calló y se fue a dormir.

Al día siguiente bajó al bar, se tomó dos copas y se fue. Al salir vio un rostro conocido. Le miró fijamente y reconoció que era Chuski. Antes de que pudiera hacer nada, Chuski ya había sacado la pistola y la había utilizado contra el mejor cliente del bar “La Chorva del Chumi”.

Armando Siles, (Les Roquetes del Garraf, 1985), ha obtingut un segon premi al concurso anual de l’IES Alexandre Galí (1998), i un segon premi i un accèssit als concursos de redacció de l’associació de veïns (1999).


RODOLFUS I LA CAPUTXETA

Passà fa molt de temps, quan els boscos eren plens d'arbres centenaris i les flors brotaven del sòl com espurnes de foguera..., amb una senzillesa tal, que l'esplendor d'aquelles terres meravelloses imitaven el paradís sommiat pel@s poc@s vilatan@s  que habitaven la vil·la de Les Roquetes.

Els anys passaven plaenters, ningú treballava gaire, el suficient per alimentar-se, vestir-se i tenir una caseta acollidora; es vivia en harmonia amb la naturalesa. Quelcom difícil d'entendre ara, quan la destrucció i la competitivitat van desfent els camins que encara romanen vius, aquells paisatges que tan sols són presents als records del@s més savi@s.

Però la història que estava explicant no és ben bé aquesta. Perdoneu si per la meva edat, em permeto aquests salts que poden confondre al@ lector@, però de tot@s és sabut que quan parlen algunes ments, les llicències literàries no tenen importància; perquè n'haurien de tenir ara amb una pobre iaia? M'ho permeteu?

Ell habitava entre els colls que conformaven les muntanyetes a prop del mar, un mar blavós, nítid, només enfosquit quan la vesprada apareixia sota el cel... Amb algunes barques, les persones més aficionades a la mar, sortien pel matí i portaven peix per la gent que encara menjava carn. Gairebé tothom s'havia convertit en vegetarià, s'alimentaven exclussivament de vegetals, ous i llet.

En fi, qui era Ell? Era un llop, oh! Però quin llop, negre com la nit, ulls brillants com la lluna, una pell tan suau... Feia la seva vida entre arbres, flors i margallons, dormia a una petita cova i s'havia fet molt amic del@s nen@s  que anaven a jugar pel matí.

Sí, el@s nen@s no anaven a l'escola els matins, el@s vilatan@s havien entés que a les hores de sol es podia gaudir de la naturalesa i era a la tarda quan la canalla podia dedicar-se a engrandir la seva ment, pel plaer d'aprendre i descobrir el que altres, anys abans, havien pensat i descobert. El racionalisme amb la curiositat que inspirava el voltant, era l'ensenyament que existia entre aquells paisatges nets de tota brutícia, material i humana; reflexionaven sobre la vida, seguien descobrint noves tecnologies..., tot, pel progrés humà i fer molt més fàcil la feina que portava viure.

Però jo volia explicar la història o potser llegenda que va sorgir en aquell temps sobre Rodulfus, el llop. És la història del final de la seva vida, dur i fred, ple de mals entesos i venjances provocades per algú, que mai havia tingut raons contra Rodulfus. Haig de comunicar-vos que aquesta història no és la única que hi ha sobre la seva vida, potser, fins i tot, aquesta és la menys coneguda per tot@s vosaltres; però bé us asseguro, que és la realment certa, i que a la meva narració dels esdeveniments hi ha l'objectivitat d'una nena que va viure tota la història, per ésser ella mateixa la protagonista.

La Caputxeta Vermella, com la coneixeu vosaltres, somiava desperta un món de colors infinits, era una nena tan viva... Sempre jugant i rient, descobrint tot allò misteriós que la vida li posava al davant. A la nit, s'estirava dalt d'un turonet i gaudia de la llum que els estels proporcionaven als seus ulls. Fins a aquell moment, i en tenia catorze anys, sempre havia viscut amb la seva iaia, s'havien cuidat mútuament..., però es van haver de separar, per no veure's mai més. La mamà de la Caputxeta havia tornat d'un llarg viatge i volia tornar a estar amb la seva filla, educar-la a la seva manera; havia vist en la nena més una salvatge que una senyoreta.

Quan era molt petita la Caputxeta, la seva mare va marxar de Les Roquetes. Era una dona sèria, d'un humor agre, es deia que la seva vida havia canviat tant amb l'enderrocament del Règim polític, que no havia pogut suportar la igualtat entre la gent, i havia marxat a cercar terres on no hi hagués tantes llibertats sense estaments socials.

En arribar del seu arriscat viatge, més decebuda que mai, sense haver trobat el que tant cercava; va decidir donar una educació correcta a la seva filla. La mare del seu espós no n'havia sabut, havia permés que la nena sentís en el seu cor el respecte i la llibertat. Estava molt emprenyada, i la Caputxeta va veure quelcom que no li va agradar en aquella dona que era la seva mare.

Tot i així, els dies van anar passant, les setmanes..., la primavera va abraçar l'estiu i aquest va portar una tardor més marró que mai. Tal com anaven canviant les estacions la Caputxeta s'anava transformant, cada cop veia menys colors al seu voltant, els estels van anar perdent lluentor... La noia plena de vida es va anar apagant i el caràcter de la seva mare es va anar ficant pels pors de la seva pell.

I en aquestes, va arribar un altre hivern; la iaia de la Caputxeta es va posar malalta i va demanar que la nena l'anés a visitar per alegrar-li la vida. Molt a contra cor, la nena, amb un aire diferent, una prepotència fosa als ulls..., es va dirigir a la caseta que tants anys havia esdevingut el seu sostre. Pel camí, brodat de neu blanquíssima, va descobrir unes petites petjades que deixaven en la sinuositat del sender taquetes marrons. En comptes de seguir el camí cap a la caseta de la iaia, la Caputxeta resseguí dins del bosc, entre els arbres, aquelles petjades fins descobrir una petita cova on hi trobà un llop refugiat del fred de l'hivern. Era el nostre Rodulfus. Petit com era, no hagués pogut fer mal a la nena, però ella va cridar tant i tant fort, que espantada va córrer i córrer cap a la vil·la. Pel camí va trobar un home que estava tallant una mica de llenya per escalfar-se del fred hivern.

- Què et passa Caputxeta? Li preguntà el llenyataire. I a partir d'aquest moment, com un punt d'inflexió a les vides d'en Rodulfus i la nena, tot agafà un caire diferent als sentiments de la gent del poble. Sense saber-ho, la mare de la Caputxeta, amb la maldat que havia posat al cor de la seva filla, va provocar en la població sentiments de temença a la naturalesa. El llop (ja no li deien pel seu nom) que compartia hores de joc amb el@s seu@s fill@s, s'havia convertit de la nit al dia en un devorador de iaies i nen@s. Ningú comprovà la història de la Caputxeta, que d'altra banda, vosaltres ja coneixeu.

Com un verí, es va anar escampant per tots els territoris, els animals no van ser vistos com éssers vius de naturalesa diferent, els boscos van ésser assaltats amb grans cases, luxes que no es necessitaven van confondre el paisatge..., un sense fi d'atrossitats que ja sabeu. És per això que ara vivim com vivim, sense respectar-nos ni respectar el nostre voltant.

Hi van haver-hi diferents reaccions davant aquest canvi de temperament, algun@s aguardaven el moment de dominar la situació i trencar amb l'harmonia existent, d'altres van lluitar per desmentir aquella història, després per fer veure a la gent que era millor la vida que havien portat fins aquell moment que la que es començava a gestar, sense llibertat. I encara avui, seguim així.

Però encara us preguntareu que va ser de la Caputxeta i la seva iaia. La mare de la nena, en veure el trasbalssament del@s vilatan@s, ho va aprofitar; era l'oportunitat que ella estava esperant. Va afirmar que efectivament la seva sogra era morta i ben morta, no va deixar que ningú s'apropés a la caseta de la iaia, i aquesta, allà sola, de tristesa, va morir. Ningú va saber mai que aquella dona de cor inmens no havia patit l'atac d'en Rodulfus.

I bé, en quant a la Caputxeta Vermella, poc després d'explicar aquella falsa història sobre el llop i veure les conseqüències terrorífiques que va portar en el comportament que tant havia estimat ella en la gent; va voler desdir-se. Però la mare la va tancar, la va amenaçar, no va deixar que la nena expliqués el que realment havia succeit. Tan sols quan el mal ja estava fet, passats uns mesos, i en Rodulfus va ser mort, la va deixar anar. La Caputxeta ho va intentar, algun@s la van creure, la majoria..., van pensar que eren deliris de joventut.

Així, amb el pas dels anys, m'he dedicat a fer saber al poble la veritable història que va marcar la meva vida i la de moltes persones. Creieu-me, sóc sincera quan us dic, que no és la naturalesa la que ens ataca, som nosaltres el@s  que la fem morir minut a minut, i amb ella, els nostres cors i  les nostres ments.

A mi ja em queden pocs anys amb vosaltres, si algú es sent amb forces, us demanaria un favor, conteu aquesta llegenda (o com li volgueu dir), per a que les properes generacions coneguin el que veritablement passà a aquestes terres; quan la llibertat era present als nostres cors.

Geòrgia (Les Roquetes del Garraf, 1976).


ALGO MÁS QUE MÚSICA.

Allí en aquella habitación, fría y oscura, Ethan iba dejando pasar largas horas de una tarde de invierno. Estaba algo desanimado, ya que había perdido toda motivación, su gran pasión en la vida: la música.

Tocaba el piano desde que era niño, siempre había admirado a su primo David, que tocaba de maravilla el piano. Ethan entró en el conservatorio a los seis años por influencia de su primo, que le animó a hacerlo; éste le ayudaba a repasar las lecciones que aprendía y las perfeccionaban para las clases.

Para él la música era más que un hobby y un pasatiempo; era una forma de vida, otro tipo de emociones y sensaciones que otra gente, jamás llegaría a experimentar.

Con el paso del tiempo fue mejorando su técnica, hasta convertirse, a los catorce años, en uno de los mejores alumnos del conservatorio.

Pero a partir de llegar a formar parte de los mejores, fue perdiendo la ilusión del comienzo y desistiendo a buscar nuevos matices. Tan siquiera era capaz de ser creativo y aunque todos intentaran animarlo, que siguiera su carrera musical, él hacía oídos sordos a toda argumentación.

Fue tanta la insistencia de la familia, que acabó por enfadarse, de tal manera que: encerró el piano en el desván y quemó todas las partituras.

Estuvo dos años sin volver al conservatorio, sin escuchar música y evitando todo contacto con cualquiera que le pudiera recordar algo de su infancia musical.

En el instituto había alguien que no quería que abandonara la música, esta era Megan, una compañera de clase, que había escuchado a Ethan, infinidad de veces tocar el piano y no se cansaría de admitir, que era demasiado bueno, como para desaprovechar su talento .

Sabía que ahora él, ya no se interesaba en la música, pero estaba convencida de que sería capaz de hacerlo entrar en razón y de darle una razón para volver a necesitarla.

David, estos últimos tres años había estado estudiando en el extranjero y no estaba al corriente de la situación de su primo. Venía ilusionado con la idea de ver los progresos de Ethan, tenía ganas de enseñarle todas las técnicas que había aprendido y quería mostrarle sus nuevas composiciones.

En parte una de las cosas que más desilusionó a Ethan, fue la falta de apoyo de David.

Megan, fue entrando en el campo de Ethan. Con la idea de coincidir en diferentes lugares, podrían iniciar algún tipo de dialogo. Así fue, se hicieron amigos, de tal manera que él encontró a alguien que no le presionaba en sus ideas, que le respetaba y ayudaba, pero lo que él encontró más sensato, es que jamás le mencionara el tema de la música.

Él encontraba muy agradable a Megan y aunque le costaba admitirlo le gustaba. Lo cierto es que ella era lo suficientemente atractiva, como para agradar a cualquiera; era alta, con una melena castaña clara, totalmente lisa, ojos almendrados, labios carnosos y rojizos, tez clara, cuerpo esbelto y proporcionado, piernas largas y delgadas...

Tenía buen gusto para vestir, combinaba colores claros, con tonos oscuros, pero jamás apagados o chillones, ya que no le gustaba llamar la atención.

David volvió y quedó con su primo, para hablar del viaje y porque quería enseñarle algunas cosas. Habían quedado en casa de Ethan, los padres de éste no iban a estar y se le ocurrió llamar a Megan para presentarle a su primo. Megan tenía un mal presagio, algo iba a ocurrir esa tarde.

Dave, así lo llamaba su pequeño primo, llegó muy animado, le pareció muy amable y simpática Megan. Empezó explicando la gente que había conocido, los profesores que tuvo, anécdotas divertidas, otras no tanto...

Pero llegó el momento en que entró el tema de la música, Ethan comenzó a ponerse algo tenso, Megan se mordía el labio y temía por la reacción que tendrían los dos. David empezó a notar que el comportamiento de su primo, no era el típico y dijo seriamente:

- Jamás pensé que mis temas de conversación te pudieran llegar a mantener en tensión.

Ethan se levantó bruscamente, llevándose las manos a la cabeza y moviéndose de un lado a otro intentando, nervioso, buscar una explicación que le llegara a David, ya que no se conformaría con una rabieta temporal. Necesitaba argumentos convincentes.

- ¿Ves ese hueco? - Dijo señalando el lugar que había ocupado el instrumento. - ¿Recuerdas qué había allí? Si, efectivamente, allí había un piano, ¿Recuerdas la carpeta que había encima, llena de partituras? Quizás si intentaras buscarla, encontrarías sus cenizas en el cubo de la basura. Es posible , que creas que la música lo es todo, pero no pienso seguir con ella, porque no me satisface y tampoco me aporta nada.

David se levantó, también. Estaba totalmente sereno y tranquilo, no tenía ninguna necesidad de perder la calma. Se colocó las manos en los bolsillos y miró al techo:

- ¿Realmente crees qué no tiene importancia en tu vida y qué no ocupa ningún lugar? Porque vas muy equivocado.

Siempre creí que habías llegado a comprender que la música es algo que se lleva dentro, se vive, lo sientes dentro, forma parte de ti. Está a tu lado en cualquier situación, ¿Crees qué has perdido el brillo?

Pero no es cierto, lo único que sucede, es que tienes miedo, temes no estar a la altura. En el momento en que eres bueno la gente exige más sin pensar en las consecuencias. Busca en tus recuerdos, indaga en aquellos momentos que quisiste olvidar y hallarás aquellas sensaciones que creíste haber olvidado y que diste por perdidas.

Ethan se había sentado en el sofá observando en todo momento el lugar donde debería ubicarse el piano.

Megan estaba totalmente inexpresiva, con la mirada perdida en la ventana.

Ethan contempló la inquietud de la chica, se fijó en sus ojos, aquella mirada jovial y viva estaba algo tenue esa tarde. Fue entonces cuando a todo esto, él decidió reaccionar. Salió decidido por el pasillo, subiendo escaleras, hasta la puerta del desván; allí sintiendo en la mano el frío del pomo, indeciso ante aquella situación, se armó de valor y abrió lentamente la puerta. Entró y ante sus ojos pudo contemplar, iluminado por la luz de la ventana...el piano negro algo cubierto de polvo. Fue avanzando lentamente hacia el instrumento, se situó ante él y levantó poco a poco la tapa que cubría las teclas. Algo nervioso y con las manos temblorosas posó sus manos sobre las teclas, cerró los ojos y con un largo suspiro comenzó a tocar una melodía que le recordó los años felices que había pasado junto a su primo; los momentos más felices de su infancia.

Sin darse cuenta Megan y David estaban apoyados en la puerta del desván, contemplando la serenidad y la paz interior que había conseguido afrontando su temor.

Una vez acabada la pieza, abrió los ojos, cubrió las teclas con una tela roja y volvió a cerrar la tapa. Avanzó hasta la ventana y se quedó largo rato admirando el atardecer entre la niebla; se giró sonriéndoles. Se dirigió hacia ellos, le dio las gracias a David y seguidamente se abrazaron como buenos primos. Ethan y Megan se miraron durante unos segundos y ella sin poder contenerse se abrazó a él. Ethan, cogiéndola por la cintura, centró su mirada en los bellos ojos de la muchacha, que tenía empañados de lágrimas. No hicieron falta palabras. Se besaron tiernamente demostrando definitivamente lo que sentían.

Ethan encontró finalmente, una razón, un motivo por el que seguir con su gran sueño. Fue el amor hacia Megan y la persistencia de Dave, que le hicieron razonar.

Tras la muestra respectiva de afecto, bajaron el piano y lo colocaron en el lugar que jamás debió abandonar. No tardó mucho en volver al conservatorio y reestructurar su repertorio.

Ahora comprende las palabras de su primo y las tiene muy presentes en las audiciones.

David volvió al extranjero a estudiar, pero estaba seguro de que el pequeño Ethan, no le iba a decepcionar.

Las últimas palabras de David a Ethan antes de subir al avión fueron :

¡QUE LA MÚSICA LLENE TU VIDA!

Blanca Sagarra, (Les Roquetes del Garraf, 1985) ha estat guardonada amb el primer premi


EL INTERVENTOR

Lenguas de aire marino sacudían las fachadas de la estación de ferrocarril de Vilanova i la Geltrú.  Estaba siendo aquél un verano de calores alternativos que me desquiciaban por su asombrosa variedad.  Me era tan insoportable ese intercalado de jornadas de tormentas refrescantes y semanas de bochornosas e interminables horas de agobio...   La humedad se abatía sobre mi cuerpo incluso de noche, y los sudores se proclamaban rebeldes y ahítos, produciéndome insomnio. 

Al irrumpir en la sala de espera noté con alivio la frescura de un interior de paredes mazmórreas, a la antigua, que junto a la marinada que corría a través de sus puertas y ventanales descomunales, secaron mis esencias manantías. 

-¿Conviene sacar un abono o billetes individuales?

Mi pregunta fue baldía.  Mi hermana Cristina y mi mujer dudaban ante la bisoñez del factor.  Se contentaron con arrugar la comisura de los labios y encogerse de hombros, incapaces de articular respuesta, lavándose las manos en el asunto.

-Bueno, pues lo saco y san se acabó -dictaminé malhumorado por la falta de iniciativa de ambas, una situación que me irrita tanto o más como las caídas de ánimo.  A veces yo padezco esa extraña enfermedad, ese hundimiento espiritual.  Me detengo ante el televisor, o la radio, o un libro abierto, exhausto de sus contenidos, y soy incapaz de coger una decisión súbita y arrancarme de mi casa para coger una senda en la montaña, nadar en la playa, emprender un viaje, visitar parajes o desenvolver cualquier actividad atípica que necesite coraje.  Inmóvil en el sofá, me debato en una disyuntiva estúpida: o continuar acribillándome en ese claustro o botar hacia la aventura.-  Deme un bonotren para Barcelona, por favor -le pedí al factor.

Aquella tarde había estado padeciendo esa decrepitud del ánimo, pero la superé levantándome del sofá con energía, odiándome por mi vagancia.  Aunque sólo fuera un efímero viaje a la capital del país, destronaría el hastío del verano.  Por una vez le haría caso a las mujeres.  Mientras ellas tres se perdían entre los colores de los vestidos de El Corte Inglés, yo examinaría cámaras y objetivos de fotografía con el propósito de mejorar mi equipo actual y adquirir un zoom que me permitiera cazar a distancia animales en el Parque Natural del Garraf. 

Desde que estoy en el paro -quizá sea por mi inactividad forzada-, me cuesta superar mi desánimo.  Estar sin trabajo es horrible, desalentador.  Cuando tenía mi propio negocio de fotografía el tiempo era voladizo.  Nunca me aburría.  Pero tuve que cerrar.  No hubo más remedio.  Los inspectores de Hacienda son unos vampiros desconsiderados.  Me lo advirtió mi gestor: “tío, factura en negro, factura en negro, Luis, que en Hacienda no se creen que toda tu facturación sea en blanco.  No se puede ir de legal por la vida, pareces un gilipuertas.”  Yo ignoré esa palabras inflando el buche “donde se ponga un hombre honrado...”  Así me fue.  Venga y venga inspecciones.  Mis números hacían arrugar la boca de los agentes y sus ojos decían “usted trabaja en negro, como todo el mundo.” En fin, preferí enrolarme de asalariado a la primera oportunidad que se me presentó.  Me contrataron de fotógrafo de bodas en una agencia ilegal y, un sábado, me encontré el local cerrado.  De eso hace ya dos meses.

-Son dos mil cuatrocientas pesetas.

La voz arrugada del factor me trajo a la realidad.  Hurgué en mi monedero y extraje la cantidad justa.

-Tenga.

Cogí el tíquet y noté una grave punzada en los dedos.  Era algo más que una corazonada.

-Me parece que nos hemos equivocado.  ¿Cuánto vale el billete normal? -pregunté a las tres mujeres.  
-600 cada uno.  
-Y sólo utilizaremos seis, claro, porque tú no pagas, ¿no?

Victoria, la futura cuñada de mi hermana, casada con un maquinista de RENFE, asintió sacudiendo la cabeza artificiosamente, al instante que añadió con pesadumbre.

-Bueno, alguna vez más tendrás que subir a Barcelona en este mes, ¿no?  
-Pues no.

-Ya os dije que debíamos haber esperado a salir a los andenes y comprobar si Míchel está de servicio -dijo ella en un tono divulgativo, casi de reproche.-  Nada de esto nos hubiera ocurrido con su presencia.

-Habrá que resignarse.

Introduje el abono de diez viajes en la máquina canceladora y lo marqué tres veces.  Al momento nos sorprendió la voz cochambrosa y empalmada con retazos de varios registros, incluso de personas diferentes, tonos, acentos y entonaciones, de la megafonía.

-Vamos, el convoy espera en la vía 5.  Sale de aquí cinco minutos.

Y allí dormitaba, como una serpiente roja y blanca, enorme.  Cuando íbamos a subir Victoria nos detuvo con una sonrisa cálida y excitada.  Había descubierto algo interesante.

-Mirad, es Míchel -y lo llamó con grandes voces y aspavientos.  El amigo de ésta se acercó corriendo.  Vestía el uniforme grisáceo de la RENFE, con sus ribetes arrebolados.  
-¿Adónde vais? -al hablar su bigote sensual apenas se movía.  Esa rigidez le daba un toque galante y atento, tremendamente masculino y cortés.  
-Al Corte Inglés -contestó Victoria, quien no tardó en explicarle que habíamos sacado un abono con unas palabras que se le cayeron de la boca dolorosamente, en una quejumbre casi infantil.  
-Pues tráelo.  Lo solucionaré de seguida.

Yo tuve un amago de vergüenza.  El andén era un hervidero de usuarios que esperaban el tren y que no eran ajenos a la conversación.   Seguro que comprendían que Míchel quería cancelar los billetes para colarnos en el ferrocarril, y esto me sulfuraba.

-Pero hombre... Míchel, si ya está marcado.  
-No importa, dámelo.  
-¿Y la gente? -bajé la voz hasta el susurro para que nadie descifrara mis palabras.  Para ello tuve que acercarme a su oído.  
-¿Qué gente?  
-¿Qué gente va a ser, hombre?: la que no nos quita ojo de encima.  ¿Qué van a pensar al ver que se comete un atropello, un tráfico de influencias en escala menor, eso sí, pero con sus propios impuestos, en una empresa pública...?

Míchel me miró sorprendido, con cara como diciendo: “tiene razón Cristina al decir que su hermano es un idealista un tanto idiota.”  Y me dijo gritando, desafiando a los usuarios que escalaban hasta la plataforma distribuidora:

-Bueno, ¿me lo das o qué?

Yo no supe donde esconder el rostro, encendido.  No me gusta manifestar mis sentimientos externamente, pero mi cara debía ser una burbuja por donde espiar mi alma.

-Dáselo, hombre -me dijo Cristina, y, embobado, accedí, entrando de lleno en la estafa al contribuyente.  Míchel se perdió entre las habitaciones técnicas de la estación con una velocidad que no hacía juego a su incipiente obesidad, mas sí a su picaresca.  Al poco apareció con el dinero en la mano y, ostentado la entrega, me lo dio, al tiempo que me sacudía los hombros.   
-Y ahora, esperad, que hablaré con el interventor de vuestro tren para que os deje viajar sin problemas.  Vamos.

Míchel maniobraba como un líder nato.  Con su soltura de lenguaje nos hipnotizaba y nos magnetizaba.  Al mismo tiempo yo notaba en el aire cómo muchos viajeros nos miraban y juzgaban nuestros actos como una desfachatez desvergonzada. 

-Tú no hagas caso de la gente -me murmuró vanidosamente Victoria mientras caminábamos por el andén- vive tu vida y aprovéchate de lo que puedas.  Ellos harían lo mismo si se encontraran en tu situación.

El tren abrió las puertas con puntualidad.  Yo escuché en semisueño, por la lejanía que me había autoimpuesto para no ver el ritual de corrupción, cómo Míchel convencía al interventor.

-Sí, hombre, ésta es la mujer de López Mediapana, y la morena su cuñada, y aquél de allí su hermano.  Familia y amigos de toda la vida.   
-Pero Míchel, yo...  
-No te preocupes, colega, los interventores somos hermanos, hoy por mí, mañana por ti.

Y se alejó saludando al tiempo que se cerraban las puertas automáticas.  Las mujeres, al ver que yo me metía en las profundidades del vagón apartándome del interventor, me siguieron.

-No corras tanto, si aquí hay sitio -me gritaban.

No me detuve hasta que encontré cuatro asientos vacíos en el último vagón.  Estaba claro que no quería compartir con nadie aquella experiencia, y prefería diluirme en los abismos del tren, donde no conocieran de nuestra debilidad.

El convoy se puso en movimiento y pronto alcanzó el túnel de la Casa de Mar.  Aún perduraba en mi retina la cara marcial de victoria de Míchel cuando balbuceé unas gracias sin entusiasmo, como queriendo desvanecer o amortiguar el favor.  Era una cara engreída y caprichosa, dura.  “Bueno, pronto se acabará este mal trago”, pensé casi en duermevela.  Entonces escuché la voz de Victoria:

-Hemos quedado con Míchel a las nueve en Sants.  Es que a y diez, la unidad donde está destinado vuelve hacia Vilanova.  Nos lo ha confirmado él mismo.  Así también nos ahorraremos el viaje de vuelta.

-Estupendo, estupendo... -opinaron mi hermana y mi mujer.

El cielo se había nublado para desastre de los bañistas homosexuales que mostraban su desnudez de alabastro enrojecido en las calas de guijarros de Els Colls.  La brisa parecía, desde dentro, helada, propia de esos días de finales de octubre.  Pero yo sabía que era mentira.  Quizá esa sensación me vino porque el aire acondicionado estaba un pelín alto.  Por suerte el traqueteo del tren era sedante.  Es uno de sus atractivos.  Empezar a caminar entre los raíles y relajarme era simultáneo, y también bostezar y dormitar a ratos encadenados de sueño ligero y leves vigilias.  Me pareció escuchar un trueno despeñándose del cielo.  Otra vez las tormentas.  Un silbido ventoso se estrelló contra las ventanas del tren al emerger de los numerosos túneles de bocas negras que cruzan el Macizo del Garraf, y eso fue lo último que sentí antes de dormirme como se duerme en los trenes, en un duermevela profundo donde se mezcla el sentido de la realidad con la irrealidad de los sueños, todo interpuesto como fotografías desordenadas en una vieja caja de zapatos.

Más adelante un vozarrón recio me despertó.

-Buenos días, los billetes.

Victoria esbozó una carita sorpresiva.  El interventor guardó un silencio hosco antes de volver a pedir los billetes con una expresión de vitalismo masculino.  Algo iba reconcomiéndose en las mentes de Victoria, Cristina y mi mujer, quizás pensaran que ese hombre tenía una mala sangre corriendo por sus venas. 

-Oiga, si nosotros somos... -la voz de Victoria sonaba pastosa, manida.  
-Los billetes por favor -esta vez el tono fue brusco e incipiente, como un pistoletazo.

Nuestras miradas se cruzaron, incrédulas.  Las arterias me estallaron.  Respiré hondo.  Y casi empecé a reír interiormente, procurando contenerme las lágrimas. 

Victoria le enseñó el carnet familiar de la empresa, el interventor lo examinó y nos dirigió una mirada vehemente a los tres.

-¿Y ustedes?  
-Nosotros cogimos el tren por los pelos, interventor -le dije para salvar las formas.-  ¿Cuánto es?

Juan Carlos Borrego (Vilanova i la Geltrú, 1967) ha publicat narracions a diferents publicacions de la comarca.  



PER ENCÀRREC DE LA COMISSIÓ DE FESTES DE LES ROQUETES :  Febrer de 2000